El
tren se detuvo en medio del concierto desafinado de sus chirridos. El
inspector de boletos despertó a Toribio Leiva de su profundo sueño
"Llegamos, señor. Es la estación de Coronel Martínez".
Se restregó los ojos. Y se miró el raído y arrugado traje de dos
piezas que estaba flotando alrededor de su flaca anatomía. Como un
reflejo vino a su mente la madrugada en que consiguió ese traje
cuando hacía de “ciruja” en un elegante barrio de Buenos Aires.
Según Pantaleón Toledo, correntino, y su colega de calle en esa
madrugada, el traje podría haber sido del diputado que vivía en la
casa que tomaba la manzana entera. Había encontrado el traje, en el
enorme depósito de basura que correspondía a la mansión.
Un
leve estremecimiento que recorrió su cuerpo, devolvió a Toribio a
la realidad, cuando al bajar del tren vio un uniformado “verde
mate” mirándole fijamente. Se recuperó tan rápido como se dio
cuenta que el policía era su viejo compañero de escuela primaria,
Virgilio López, ahora comisario de aquel “pueblo chico, infierno
grande” como gustaban comentar ambos en su adolescencia y planeaban
salir del lugar en la primera oportunidad que tuviesen.
Toribio
sonrió aliviado cuando Virgilio lo reconoció y lo saludó con la
añorada y recordada frase “Mba'eiko Cho Tori!!!”(1).
Se sintió en Paraguay, y más aún, en su añorada Coronel Martínez.
JaRDinero
Enero,
verano del 2012
Fernando
de la Mora, Paraguay.
(1)“Que tal, camarada Tori”
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