sábado, 11 de mayo de 2013

Toribio Leiva



El tren se detuvo en medio del concierto desafinado de sus chirridos. El inspector de boletos despertó a Toribio Leiva de su profundo sueño "Llegamos, señor. Es la estación de Coronel Martínez". Se restregó los ojos. Y se miró el raído y arrugado traje de dos piezas que estaba flotando alrededor de su flaca anatomía. Como un reflejo vino a su mente la madrugada en que consiguió ese traje cuando hacía de “ciruja” en un elegante barrio de Buenos Aires. Según Pantaleón Toledo, correntino, y su colega de calle en esa madrugada, el traje podría haber sido del diputado que vivía en la casa que tomaba la manzana entera. Había encontrado el traje, en el enorme depósito de basura que correspondía a la mansión.

Un leve estremecimiento que recorrió su cuerpo, devolvió a Toribio a la realidad, cuando al bajar del tren vio un uniformado “verde mate” mirándole fijamente. Se recuperó tan rápido como se dio cuenta que el policía era su viejo compañero de escuela primaria, Virgilio López, ahora comisario de aquel “pueblo chico, infierno grande” como gustaban comentar ambos en su adolescencia y planeaban salir del lugar en la primera oportunidad que tuviesen.

Toribio sonrió aliviado cuando Virgilio lo reconoció y lo saludó con la añorada y recordada frase “Mba'eiko Cho Tori!!!”(1). Se sintió en Paraguay, y más aún, en su añorada Coronel Martínez.

JaRDinero

Enero, verano del 2012
Fernando de la Mora, Paraguay.

(1)“Que tal, camarada Tori”

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