viernes, 10 de mayo de 2013

La tarde en que Eulogio lloró


Esa tarde, habiendo Eulogio salido de uno de sus trabajos y camino al otro, le vino a la mente su recuerdo. Y lloró con lágrimas y todo. ¿Que le llevó a llorar? Y esa extraña mezcolanza de pena y alegría. La parte alegre corresponde a su recuerdo. A aquellos de su infancia, cuando bajo su mirada protectora iba a la escuela, tal vez con pantalones remendados pero siempre ropa impecablemente almidonada y zapatos relucientes, con la media reglamentaria y el guardapolvo "Martel", que le compraba con mucho esfuerzo, a lo mejor privándose de una ropa o un calzado de domingo. Y los deberes (hoy le dicen "tarea") severamente revisados en los cuadernos de dos, primero, y de una raya después, prolijamente forrados, con rótulos que llenaba con esa impecable letra suya, así como la "primera hoja", que eran verdaderas obras de arte, con el nombre de la materia a la cual correspondía el cuaderno, pluma y tinta "Pelikan", mediante.

También recordó con una sonrisa, las tareas que le asignaba en la casa y la habilidad tremenda que tenía para que Eulogio, hermano y hermanas no se dieran cuenta que eran pobres, materialmente. Pero, que riqueza tenían en el alma, mediante su trabajo de hormiga, haciéndolos sentir bien, capaces e iguales a cualquier hijo de vecino, aunque este perteneciera a una familia de mejor pasar en lo económico. Decía lo de las tareas. Llenar el cántaro de agua fresca, traer leña, encerrar a la tardecita la única lechera que tenían, o pelear en la "matadería" vecina a su casa, con los demás niños del barrio con olor a pobreza, por las menudencias que podía darles el carnicero de turno.

Recordó cuando se mudaron de aquel barrio y se establecieron en el “centro”, a un costado de la Iglesia y la Plazoleta, ella sacó a relucir su iniciativa, al montar aquel almacencito-bar-pensión donde le enseñó (a Eulogio) lo que hoy día los “modernos” llaman emprendedorismo. A sus 14 años tenía su propio negocio, con el billar-gol que su papá retiró de algún lugar de Asunción y él se encargó de pagar en largas cuotas gracias a su trabajo de todas las noches después de asistir al colegio nocturno de Tebicuary a 4 o 5 Km de su querida Coronel Martínez. En esas lejanas noches se sentía un verdadero empresario atendiendo la mesa de billar-gol y vendiendo toda la comida que preparaba ella antes de ir extenuada a la cama, y dejando a Eulogio, “a cargo” del pequeño pero poderoso “imperio económico”, en su febril imaginación de adolescente.

Pero no siempre todo es color de rosa. Sintió que su mundo perfecto se venía abajo cuando su papá consideró que aquel “imperio económico” era realmente un camino al vicio y a la perdición para él y decidió sin consultarle, llevarlo a Asunción, a los 16 años para terminar la secundaria en el colegio público más prestigioso en aquel entonces, al que no cualquier mortal rural podía acceder. Y vino el doloroso desarraigo y su brusca inserción en la vida urbana. Pero, como siempre al final, su papá tenía razón, aunque comprenderlo le llevó varios años. Tuvo los naturales tropiezos del adolescente rural, luchando con los desajustes que en materia educativa existen entre la ciudad y el campo. Pero esa ciega confianza que le tenían su papá y ella, de que Eulogio podía llegar lejos, hizo que tal cosa se cumpliera y con creces.

Hoy día, Eulogio tiene una hermosa familia, con una abnegada y bella compañera, y dos hermosas hijas . Su vida es casi un sueño, pues también en lo laboral, cumplió con creces con aquellas expectativas que generó en su papá y ella. Ocupa dos cargos directivos nada despreciables en dos Instituciones muy prestigiosas, una en el campo educativo, otra en el área financiera. Y llegó solo, con su esfuerzo. Todo eso genera su alegría. Pero, también al comienzo hablé de pena. Esa pena que le llevó a llorar esta tarde. Y es porque ya no está acá, su....

……Mamá.

JaRDInero
San Lorenzo, 13 de Marzo, aun verano del 2008



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