Viajemos en tiempo y espacio, y vayamos al año 1966 a las 6:00 AM de una fría mañana de junio, al pequeño poblado rural de Coronel Martínez , Departamento del Guaira, en la República del Paraguay. Lleguemos a la casa del niño Eulogio, situada en los bajos de la estación del tren, que pasaba por el borde del poblado. El niño de 7 años había sido vigorosamente despertado por su madre a fin de alistarse para las clases diarias en la escuela del pueblo, adonde se dirigió después del frugal desayuno consistente en una infusión caliente preparada con la mezcla de yerba mate y azúcar, quemados conjuntamente con una brasa encendida, al que los paraguayos llamamos cocido y los argentinos mate-cocido. Eulogio y su hermana menor Petrona, ya uniformados impecablemente con sus blancos guardapolvos, apuraron la taza o pocillo de cocido blanqueado con leche caliente de vaca y acompañado por una especie de pan redondo y no muy blando al que llamamos galleta. No tiene el mismo “formato” de la galleta de otros países, pero cumplía su función de dar una leve sensación de saciedad a los respectivos estómagos de los niños.
Los hermanos, ella con 5 años, subían la cuesta desde su casa hasta la estación, y empezaban a adentrarse a la zona urbana, al pasar la casa de Doña Lisa, una antigua pobladora de la zona, dueña de un pequeño y atractivo negocio (para los niños) de comestibles. Ambos iban con sus enormes portafolios de cuero donde llevaban sus enseres escolares. Ante el tamaño de sus portafolios parecían mas pequeños de lo que realmente eran. Cruzaban el pueblo, pasando por la Comisaría, el Juzgado de Paz, el templo católico al que todos llamaban Iglesia, la plaza del pueblo y la Municipalidad para finalmente llegar a su destino, después de haber caminado como 800 a 1000 metros y cruzarse con casi toda la población masculina adulta, que en bicicleta, se dirigía a su puesto de trabajo en la vecina localidad de Tebicuary, distante como 4 o 5 kilómetros, y era asiento del ingenio Azucarera Paraguaya, que al decir orgulloso del tío Remberto, era la fábrica más grande de Sudamérica. Una vez en la escuela, saludaban a sus amigos, en el caso del niño y Petrona hacía lo mismo con sus amigas. Por supuesto, fiel a la costumbre de la época el compartir era de “los niños con los niños y las niñas con las niñas”.
Se cumplía puntillosa-mente la ceremonia de formar fila, realizar algunos ejercicios seudo-militares(“media vuelttt!!!”, “a la izquierrr!!!”, “a la derechhh!!!”, “a dis...creción!!!”) bajo la voz de mando del señor Chelito, quien quiso ser militar pero quedó en maestro de escuela rural. Posteriormente se cantaba el himno nacional, más una canción militar o patriótica y los niños soportaban, haya motivo o no, la consabida reprimenda de la señorita Crisolda, directora de la escuela, quien tenía años de ser “señorita” con pocas esperanzas de cambiar a “señora” y quien, según lo que Eulogio escuchaba de la tía Herculana, estaba destinada a “vestir santos”. Esa parte no era muy bien comprendida por el niño que nunca veía desnudos a los santos, por lo que consideraba que no era necesario vestir-los, y en consecuencia veía inútil la tarea que la tía quería asignar a la directora, quien también era conocida como la señorita Cris.
Como ya se habrán dado cuenta una profesora soltera era tratada como “señorita” con el agregado de su primer nombre y un profesor, soltero o casado, recibía el tratamiento de “señor” y el primer nombre. A la maestra de tercer grado, Penélope Santander de Bartomeu, casada con el catalán Jordi Bartomeu, dueño de la tienda del pueblo, se le decía señora Penélope, evitando todo intento cariñoso de abreviar su nombre, por temor a embarazosos equívocos. Los formalismos descriptos eran rigurosamente contemplados, además que la comunicación(?) solo se daba en una dirección, de los mayores hacía los menores. Eran raras las ocasiones en que los niños se dirigían a los maestros y tal audacia solo se daba cuando un infante se sentía súbitamente envalentonado, por ejemplo, acuciado por el inminente y no muy agradable desenlace de algún proceso fisiológico alterado por una in-gesta inapropiada, como el de mezclar dulce de maní y miel de caña, con algún chicharrón de carne de cerdo.
Pero vayamos de nuevo a la rutina escolar. Una vez cumplido el ceremonial, en rigurosa y marcial fila, con la voz de mando del señor Chelito de fondo, los niños, con un marcado y explicito rostro de alivio, accedían por fin a sus respectivas aulas de la vetusta edificación de madera donde se asentaba la “Escuela Graduada N° 55”. Al entrar al salón de clases permanecían parados frente a sus respectivos lugares, consistentes en una silla y una mesa bajas, en posición de “firmes y con vista al frente”, dignos del mejor pelotón de cadetes del Colegio Militar, esperando responder en coro y con una perfecta uniformidad, los “Bueee...nos díaaas, alumnos” de la maestra o maestro de turno. La mañana trascurría rápidamente entre clases de Ciencias Naturales, Aritmética, Lenguaje Oral y Lenguaje Escrito, que el o la docente impartía rigurosamente desde el “Manual de lecciones” o “Libro de lectura” del grado correspondiente, donde los niños tenían “voz” solamente cuando eran interpelados sobre lo desarrollado para verificar su nivel de atención, que si no se producía en un grado necesario como para responder “correctamente”, ponía en peligro las orejas de los alumnos. Estos tomaban apuntes en sus “cuadernos de anotador” pero solamente lo hacían cuando las lecciones eran dictadas o a indicación de copiar lo que estaba en la “pizarra”. Terminadas las clases Eulogio y Petrona regresaban a su casa en las orillas del pueblo, donde almorzaban y debían guardar religiosamente la siesta que su madre dormía por una o dos horas, después de la comida del mediodía. El padre de ambos trabajaba conduciendo camiones u ómnibus y casi nunca estaba en la casa. A la tarde, la madre revisaba severamente,los cuadernos de los niños y les ayudaba dentro de sus limitaciones a realizar los “deberes” o “tareas”, que traían de la escuela, con lo que se cerraban las actividades educativas formales del día para los pequeños.
Faltaría acotar que algunos días de la semana la jornada educativa empezaba a las 4 de la mañana, cuando la madre despertaba a ambos chicos para repasar las lecciones a la luz de las velas, pues la casa como todas las de la población, no contaban con servicio de energía eléctrica, teléfono ni agua potable. También es digno de mencionar que Eulogio era naturalmente curioso en cuanto a la lectura desde temprana edad y compartía esa afición con su compañero de clases y amigo, Miguelito Garete. La mamá de Miguelito, era encargada del correo, por lo que el camarada de Eulogio tenía ciertos privilegios en cuanto a información y tuvo la brillante idea de escribir a embajadas de países extranjeros solicitando información, que eran generosamente respondidas con el envío de abundante material de lectura, que era compartida por Miguelito con Eulogio.
Volvamos a la rutina diaria de la educación de los niños, que oficialmente se cerraban con su madre a las 4 de la tarde. Pero para Eulogio y Petrona continuaban pues, después de este horario ambos niños completaban las tareas del hogar que su madre les asignaba y que para Petrona, a pesar de su corta edad, podía ser ayudar a preparar la cena, barrer las habitaciones o parte del patio. Sin embargo Eulogio tenía tareas más varoniles, para el pensamiento de la época, como recoger leña para la cocina, encerrar a la única vaca lechera de la familia, llenar el cántaro(recipiente de barro cocido, que cumplía la función de bebedero familiar) con agua de pozo o traer pedazos de takuru o kupi'i raity(nido de termitas) cuyos “habitantes” constituían una opción de alimentación para las aves de corral, principalmente gallinas y gallos.
Los dos niños apuraban las tareas pues tenían que estar libres a las 5 de la tarde, hora asignada por la madre a que los niños jugaran. Petrona por su lado jugaba a las muñecas, al descanso(saltando en un pie en un área demarcada del suelo o piso y dividida en cuadros) , a la tikichuela(juego de manos con bolitas o cánicas, o en ausencia de ellas, cocos o piedritas) o saltar la cuerda, con Santa Ávalos su fornida vecina y prima, y con Tata(si, era niña) Arévalos la vecina y medio pariente que vivía en la última casa del pueblo antes del Arroyito que cruzaba detrás y era afluente del río Tebicuary-mi. Tata, en oposición a Santa era la más lejana imagen de la robustez y llamarla flaca era un un piropo por la escuálida figura que proyectaba.
Eulogio, por su parte, esperaba ansioso ir a la canchita (de fútbol “soccer”) a un costado de las vías y de la estación del tren, pegada a la casa del “Capataz Cuadrilla”(se refiere al capataz de la cuadrilla del Ferrocarril, que mantenía las vías del tren) y en los bajos de la casa de los hermanos Miguelito, Alexandro y Polaco Garete. A Eulogio, le parecía las 5 un poco tarde para llegar al sitio de diversión, pues no era precisamente un destacado futbolista, pero si el entusiasmo no se le podía negar. La meta era llegar lo más temprano posible y así aprovechar la falta de puntualidad de los ídolos y talentosos, y entrar a jugar aunque sea unos minutos mientras llegaban las estrellas, momento en el cual era irremediablemente reemplazado. La otra opción era que Eulogio fuera “pelota jara”(dueño de la pelota), para asegurar su inclusión en uno de los equipos. La única demora era saber en cuál de los equipos, pues ambos capitanes que conformaban las alineaciones, se disputaban y discutían para no ser los “agraciados” con el concurso de Eulogio.
Pero, ¿que tenía que ver todo esta parte de los juegos con los días de clase? Pues si tenía que ver y mucho. Por una mentalidad extranjerizan-te y especialmente porteñista Eulogio y Petrona tenían, en su casa y en la escuela, expresamente prohibido hablar guaraní, la lengua nativa de los paraguayos que en aquella época no estaba reconocido como idioma oficial como lo es actualmente. Dada la situación, que los niños que compartían los juegos con los dos hermanos, en los dos escenarios citados, hablaban primordial-mente guaraní y escasamente el castellano, los infantes de nuestra historia se veían obligados a hablar la lengua ancestral y aprender a dominar-la con las vivencias lúdicas del día a día, en los inicios con cierta torpeza, que provocaba las burlas de los camaradas. Las destrezas y los conocimientos en el uso del guaraní se fueron consolidando en los niños, por al aporte adicional de los diálogos con las tías y abuelas, y las ocasionales salidas a los almacenes “ramos generales”(proveedores de artículos varios) y al “mercado”(solo se vendía carne), lugares adonde eran ocupados los niños, en especial Eulogio. Los que respetaban la regla de “no ser guarangos(acepción paraguaya o paraguayismo con que se denominaba a los guaraní-hablantes)” eran los padres de Miguelito Garete, dueños de un almacén y panadería, el señor Jorge Vázquez, también dueño de un almacén ramos generales y con la particularidad que concedía créditos, en especial a los de las zonas rurales, y el catalán Bartomeu, dueño de la tienda de telas. Los primeros citados por una solidad amistad con los padres de Eulogio y por compartir la forma en que se debía educar a los niños y el catalán, por razones obvias.
Años después, Eulogio recordaba con una silenciosa sonrisa las situaciones jocosas que se generaban cuando Petrona y él tenían necesidad de comunicarse con sus amigos guaraní-hablantes, frente a sus padres, y tenían que recurrir al universal mensaje de las señas para no caer en infracción frente a sus mayores.
Mientras Eulogio termina de contarme esto, se levanta del asiento de su escritorio y disimuladamente se lleva el pañuelo a la cara, para secar la lluvia mansa y en pequeñas gotas que le sale de los ojos y del alma.
Dejemos que descanse y volvamos por sus historias, otro día.
JaRDinero
Fernando de la Mora, Paraguay, Julio 2013
Aun invierno, pero veranillo de San Juan
08/07/13 01:24:00 diasdeclase