sábado, 26 de diciembre de 2015

TIMOTEO



Eulogio quedó pensativo. La sensación de recordar otras vidas estaba omnipresente, en especial cuando pensaba en esa deliciosa mezcla de cordura y locura, que representaba aquella niña y muchacha de sus sueños. ¿O no era un sueño lo que le pasaba con esa misteriosa dama que le ofrecía largas tertulias en noches blancas de luna en la plaza del pueblo, en frescas madrugadas de verano?

Nunca supo de donde venía ni adonde iba. Solo sabía que en amaneceres calurosos posteriores a noches blancas, le despertaba Timoteo, que ocupaba en el banco el lugar de la dama. Timoteo, el loco más cuerdo que Eulogio conoció, parecía que sabía de ella. Cuando le contaba de lo que pasaba en la noche en aquel banco, sonreía cómplice, y balbuceaba algo de noches blancas en algún lugar de Rusia. Había leído sobre esto en alguna novela que cayó en sus manos, en su época "cuerda" de Juez de Paz de Coronel Martínez.

A Timoteo no le parecía exagerado ni de locos lo que Eulogio le contaba. Le parecía natural . Eso le intrigaba además de que notaba algo que conectaba a Timoteo y la muchacha. Esperaba impaciente, esa noche, para buscar lo común entre el loco del pueblo y esa (su) muchacha que siempre empezaba conversando con él y lo dejaba al alba, dormido en el banco. Y aparecía el viejo Timoteo sentado una y otra vez en lugar de la hermosa dama. El circulo, virtuoso para Eulogio, se repitió durante todo ese verano, hasta que el muchacho con 16 años, tuvo que migrar contra su voluntad y cumpliendo con la de su padre a la capital del país, para continuar sus estudios y huir del peligro de “convertirte en un vividor, haragán y jugador”, según su progenitor.

Eulogio se integró a duras penas el ritmo escolar de uno de los mejores colegios públicos el país, donde su padre, merced a su amistad con un famoso profesor de idiomas, le consiguió un lugar. Pese a los naturales tropiezos de un adolescente rural bruscamente insertado en un ambiente citadino. Eulogio se recuperó a tiempo y pudo concluir sus estudios secundarios, con relativo éxito, incluso formando parte del cuadro de honor de la prestigiosa Casa de Estudios. Pero nunca había olvidado a su Coronel Martínez y menos aún a su musa de las noches blancas y por ende al viejo y sabio Timoteo, de quien supo que murió mansamente en la casa de don Sotero Arévalos, quien con su esposa Margarita, habían dado techo a Timoteo con cristiana piedad, pues del anciano no se conocía pariente alguno.

Una de esas extrañas casualidades de la vida(aunque se habla de que no existen tales, sino solamente “causalidades”), llevó a Eulogio a realizar un trabajo de investigación en la biblioteca de la Universidad Nacional de Asunción y entre revisiones de periódicos y revistas antiguas encontró una fotografía que era inconfundible. Era ella. Su musa de las noches blancas. Al lado la imagen casi desconocida de un Timoteo mucho más joven, bien afeitado y vestido con saco de un traje de dos piezas y una corbata. Eulogio empezó a comprender la extraña relación entre su musa y el “loco cuerdo”. Y más aún cuando leyó la noticia de décadas atrás que en su parte principal, expresaba:

“La venganza de la mafia. Sicarios asesinaron a la hija del valiente Juez de Paz de Coronel Martínez, Timoteo Vázquez. El mencionado magistrado había juzgado y condenado al capo mafioso, abigeo y traficante de drogas, Toribio Leiva, en el año 1966. Los memoriosos aún recuerdan que, Leiva, al momento de conocer su sentencia, había jurado a viva voz vengarse de Vázquez donde más podía dolerle. Y hoy, 21 de setiembre de 1970, presuntamente, cumplió su promesa, aún estando en prisión, pues la hija del magistrado fue abatida a balazos por desconocidos, a la salida de la Escuela Normal de Villarrica, donde estudiaba para maestra. Sus restos serán inhumados en el cementerio de Coronel Martínez”.

Una camioneta sube lentamente la colina y detiene su marcha frente al cementerio de Coronel Martínez. Un hombre alto y robusto, con gafas negras, baja del vehículo y con parsimonia se dirige con dos ramos de flores a un panteón. El encargado del cementerio, abre diligentemente los dos habitáculos de la última morada. El hombre, deposita el primer ramo sobre el cajón que según la foto, contiene los restos de una persona con saco y corbata. Se persigna, musita una oración y deposita el segundo ramo. En una placa se lee “Aquí yace Maria Paz Vázquez, víctima inocente de la intolerancia y las ambiciones desmedidas”.

Diciembre, 2015. Verano lluvioso y recién estrenado.

JaRDinero