Aquella
noche, a las 10:00, Eulogio y su prima Celeste, llegaban del colegio
nocturno en la cercana localidad de Tebicuary. En ese momento su
cansada madre, Ña Rosa, iba a reposar aliviada y dejaba como
encargado al niño. después de un tremendo día de lavar la ropa,
cocinar, planchar y atender el pequeño almacén-bar-pensión, que
había establecido gracias a su empeño, tesón y lo que hoy día
llamarían emprendedorismo. A sus 14 años, Eulogio, disfrutaba de
jugar al empresario en ese, en su febril imaginación de adolescente,
imperio económico que representaba el negocio. Al quedar como
encargado miró la mesa de truco. Estaban los habituales Tito Alonso,
Melquiades Morón, Chiquitin Lechi, Atoli Guellin, su hermano
Adalberto y otros “mirones”(públicos, espectadores) varios. En
la mesa de billar-gol pugnaban José Martino, un largamente soltero
habitante de Coronel Martínez, y el boliviano, Macirio Belkan, ex
prisionero de la Guerra del Chaco, que le había tomado el gusto a
vivir en Paraguay, incluso formando su hogar con una paraguaya. Era
un paraguayo más, con el simpático acento de los habitantes de las
alturas de Bolivia, cuando hablaba castellano y se acentuaba cuando
usaba el guaraní.
Eulogio
sonrío divertido, pues en la mesa de truco, que era “al gasto”(se
apostaba comida o bebida o ambos) , los jugadores empezaban a
sonrojarse y animarse por demás, efectos del copioso consumo de
cerveza. El único que se mantenía totalmente sobrio era Tito
Alonso, quien había adoptado como costumbre protectora comer el
bizcocho que preparaba Ña Rosa, acompañado por un vaso de leche, de
manera a contrarrestar los efectos de beber cerveza durante
aproximadamente 8 horas. Y le funcionaba. Eulogio volteó a mirar la
mesa de billar-gol y sonrío de nuevo. Le causaba gracia los
movimientos de Macirio Belkan, siguiendo con su cuerpo los
movimientos de las bolas del billar-gol cuando las impulsaba. Parecía
un contorsionista o un delicado bailarín clásico. José Martino no
se se quedaba atrás. Era una maquina de hacer muecas utilizando su
nariz y su boca. De hecho tenía un tic nervioso natural donde su
gran nariz (era natural de “nArizona” ) jugaba un papel
protagónico. Por ese motivo tenía vedado jugar al truco. Su tic
nervioso jugaba una mala pasada a su ocasional compañero, pues este
interpretaba como una “seña”(transmisión codificada de
información a través de gestos) del truco, la mueca ajena a su
voluntad hecha por José.
La
cerveza se iba agotando. Eran aproximadamente las 12:30 de la noche y
el entusiasmo en la mesa de truco subía de nivel. Eulogio pensó en
recurrir al cercano Bar “La Alondra”, la competencia, propiedad
de sus tíos Román “Kola” Baéz y su tía Federica, para prestar
unos cajones de cerveza, pues era inminente que el stock se agotaba.
Para ello tenía que dejar a alguien en el mostrador, por lo que
pensó despertar a su hermana Petrona o a su su prima Celeste , que
vivía con ellos y era una hermana más. Despertar a su madre no era
opción pues sabía lo cansada que estaba. Estaba también su padre,
Eulogio Carlos Quinto, pero inquietarlo a él sería la tercera
guerra mundial. Su padre no simpatizaba con el negocio y si era por
él se habría cerrado tiempo atrás. Para él esa actividad era
“insalubre” para sus hijos, incluida Celeste a quien trataba como
su propia hija.
Según
Eulogio Carlos Quinto, a Eulogio esa actividad nocturna lo estaba
llevando por mal camino, pues le daba cierto aire de autosuficiencia
al ganar su propio dinero, con la explotación del billar-gol. La
mesa había sido comprada en cuotas por el propio Eulogio, siendo su
padre solo un garante en la compra a plazos. En el razonamiento del
padre, el hijo llegaría en un momento que consideraría que estudiar
no era necesario, pues a sus 14 años ganaba bastante dinero como
para sobrevivir. En el caso de Petrona y Celeste los motivos eran
otros y tenían que ver con la ocasión facilitada para que los
galanes de turno aborden a las pequeñas damas. Según el patriarca
de la familia los “vagos que jugaban truco y billar-gol” no eran
merecedores de la atención de sus hijas, ni aquellos tenían
intenciones serias con ellas. Los planes de Eulogio Carlos Quinto
para con sus hijos era bastantes ambiciosos, en especial en cuanto a
educación. Mantenía en secreto su intención de mudarse en breve
tiempo, a Asunción o alrededores.
Otro
factor que impedía a Eulogio despertar a su padre, era que el era
chofer el bus de pasajeros que hacía el recorrido diario entre Félix
Pérez Cardozo y Asunción, y vice-versa. Realmente Eulogio Carlos
Quinto debía dormir en Félix Pérez Cardozo, población cercana a
Coronel Martínez, pues aquel poblado constituía su parada final.
Pero por cuestiones obvias volvía al lugar de su familia a dormir y
debía salir de su casa a las 3 de la mañana.. Entonces solo le
quedaban solo Petrona y Celeste, que eran dos adolescentes que
normalmente atraían la vista de los parroquianos. Pensó
especialmente en Tito Alonso que estaba interesado en Celeste y está
no le era indiferente. Petrona era más niña, por lo que optó
despertarla a ella. Rezongando Petrona se dirigió al mostrador.
Entonces Eulogio fue rápidamente a “La Alondra” donde, previas
las consabida bromas del tío Kola, consiguió los dos cajones de
cerveza que ,estimaba, le faltaban. Estos préstamos eran frecuentes
y mutuos. No se pagaban con dinero, sino se hacía reposición del
stock directamente con los productos prestados. Eulogio no pudo
dejar de notar el grupo de muchachos liderados por Efrén
Díarte,
un excelente cantante, que estaba ensayando con su grupo y susurraban
por lo bajo de una serenata que harían esa noche. Alternativamente,
hablaban por lo bajo y miraban a Eulogio. Este quedó levemente
intrigado.
Para
regocijo de Petrona, Eulogio volvió a su puesto con las cervezas, y
la niña regreso a continuar su sueño interrumpido. Era 1:30 de la
mañana cuando Macirio Belkan y José Martino decidieron poner punto
final a su pintorescas partidas de billar-gol. En esta ocasión ganó
José, por lo que Macirio tuvo que pagar las empanadas y gaseosas que
consumieron, amén de las fichas que habilitaban la mesa. Macirio
subió a su sempiterna bicicleta y subió la pequeña colina que le
llevaba a su casa, cerca de la escuela donde concurrió Eulogio, para
su formación primaria. Todo esto en medio de la oscuridad, levemente
herida por la débil luz del faro de su biciclo. El poblado aún no
tenía servicio de energía eléctrica y el bar se iluminaba con tres
lamparas “sol de noche”(funcionaban con querosén)
estratégicamente ubicadas. José sin embargo tenía que hacer el
trayecto a su casa, en los bajos del pueblo, a la compañía(barrio o
zona rural de la zona urbana de un pueblo o ciudad en Paraguay)
“Kosta'i”, acostumbrando primero sus ojos a la oscuridad, y
sorteando a pie las vacas acostadas en las calles y senderos, y
evitando pisar el producto del proceso final de la digestión de los
animales.
Eran
las 2 de la mañana, cuando Tito Alonso y camaradas, decidieron
terminar el juego, pagar los gastos a Eulogio y retirarse. El niño
respiro aliviado pues de en los cajones prestados de cerveza, solo
quedaban dos botellas. Notó un gran ingreso a la caja del negocio,
que estaba seguro pondría contenta a su madre, en la mañana. Esto
permitiría el desarrollo habitual del eterno ciclo de comprar y
vender. Eulogio, limpió provisoriamente el salón, acomodando las
botellas vacías, amontonando los platos sucios y pasando trapo
húmedo a las mesas. Apagó los “soles de noche”, aseguró el
portón y las puertas, y fue a acostarse. Ínterin, Tito Alonso y
socios, al salir del bar se encontraron con Efrén Diarte, grupo y
mirones. La intención era brindar una serenata a Celeste,
principalmente, y de paso a Petrona. Dentro de la casa, Eulogio se
acostó y empezó su siempre pesado sueño. En la habitación de al
lado dormían Celese, Petrona, y los hermanos menores Alberto y
Felipa En el cuarto principal, que daba a la calle, dormían el
matrimonio. Eso era de notar pues los ronquidos de Eulogio Carlos
Quinto, eran vigorosos y continuos. Pese a ello, nadie se molestaba
con el estruendoso sueño del padre de la casa.
Eulogio
se despertó en su cama, al oír en la calle los clásicos sonidos
que preceden a una serenata. Perros ladrando, susurros y el sonido de
guitarras afinándose. Salió en puntas de pie y por un pasillo
lateral llegó al frente de la casa, oculto en las sombras, pudiendo
observar al grupo de los jugadores de truco y el otro que vino de “La
Alondra”, pegados al cercado frontal de tejido de alambre , en la
dirección de la ventana donde dormía el matrimonio. Adentro, todos
seguían durmiendo plácidamente. Efrén Diarte, rompió el silencio
de la noche, nublada y con “amenazo”(amenaza de lluvia en la
jerga rural y guananí-hablante), con una guarania, con su
aterciopelada y bien timbrada voz. En la habitación, Ña Rosa
despertó con la canción y notó asombrada que no había ronquidos.
Palpó el lugar de su marido y este no estaba. Eulogio Carlos Quinto
ya había llegado al pozo y estaba afanoso, llenando el balde vacío
de aceite para camiones, con agua en toda su capacidad de 20 litros.
El mismo camino lateral que llevo a Eulogio al frente de la casa, lo
llevó al mismo destino a su padre. No vio a su hijo, escondido
detrás de una mata en el jardín, y se ganó un lugar en la
oscuridad a pasos de los ocasionales galanes serena-teros.
Eulogio
Carlos Quinto, espero pacientemente que Efrén Diarte terminara la
canción inicial de la serenata, con el balde de 20 litros lleno de
agua, en mano. El cantor, entusiasmado y poético, empezó a
esbozar unas palabras. Para ello se refirió al cielo nublado
diciendo:
- “Aunque
la noche no sea propicia para una serenata...”- .
La
reacción y las palabras de Eulogio Carlos Quinto, fueron solo una.
Vació los 20 litros de agua sobre el grupo y sentenció:
- “
Pejuna
de diá, upeicharo”- .
Asunción,
agosto 2013. Aún invierno algo riguroso.
JaRDinero