Eulogio
miró una vez más su vieja pero remozada camioneta. Hacía 4 meses
que no conducía, por lo que su esposa(siempre su abnegada esposa),
había hecho las gestiones para reparar la chapería y el tapizado
del vehículo. ¿Qué por qué no conducía? Una enfermedad conocida
como el “asesino silencioso” había hecho mella en sus ojos
dejándolo con un ojo cerrado y el otro con una gran disminución en
la capacidad visual. La enfermedad es activada con todas sus
consecuencias, principalmente por el desorden en el comer, al que es
afecto el protagonista de nuestra historia.
Con
el transcurrir de los meses, se produjeron leves mejoras en la visión
de Eulogio. Podía abrir un ojo por vez, pero no los dos. Cuando
abría ambos ojos se mareaba y veía doble. En todo este tiempo se
hablaba del visita de Francisco, el Papa. Y llegó la semana de la
llegada del sucesor de Pedro. Esa semana Eulogio empezó a abrir los
dos ojos y a mejorar ostensiblemente su visión. Aún así nunca pasó
por su cabeza de escéptico relacionar la visita del representante de
Cristo con su mejoría.
Hasta
que llegamos al día sábado 11 de julio de 2015, día de la misa de
Francisco en Caacupé, a la que Eulogio no le dio importancia y no
vio. Pero ese día subió a su camioneta y empezó a conducir de
nuevo. La primera visita, además de la carga de combustible, la
realizó a su padre, que vive a unos kilómetros de su casa. Cuando
llegó a destino era tanta su alegría que contó del hecho a varias
personas, entre ellas a su hermana Isidora, que vive en Chivilcoy,
Argentina. Su hermana, además de emocionarse, le respondió de
inmediato, que “esto es un milagro del Papa”.
Eulogio
se quedó “rumiando” la idea de su hermana, aún escéptico e
incrédulo. Pensaba que los medicamentos y el tratamiento habían
hecho su parte. Aunque había un margen como para creer lo expresado
por Isidora. El domingo 12 de julio de 2015, después de levantarse
del descanso nocturno empezó a mirar la misa de Ñu Guasu, como
curiosidad más antes que una necesidad espiritual. Cuando Francisco
empezó su homilía, una sensación extraña, lenta pero
sostenida-mente empezó a embargar a Eulogio. Era algo que le llenaba
el alma y el espíritu pero también le daba unas tremendas ganas de
llorar. Asombrado, unos minutos después de la homilía, empezó a
notar que veía mucho mejor. Las ganas de llorar eran
incontenibles, pero no quería llorar frente a su hija menor Sara,
que le acompañaba. Ya no aguantó y fue a la habitación
matrimonial, donde estaba su esposa Giselle, junto a quién lloró
como un niño. Sintió una cálida presencia y que sus lágrimas
estaban limpiando su alma y espíritu mientras su visión mejoraba
extraordinariamente.
Su
esposa, fiel compañera y sostén durante toda su vida, y en especial
en estos cuatro meses, le habló de la presencia del Espíritu Santo.
Eulogio pensó que no había otra explicación y agradeció a Dios
como el sabía. Pensó también que lo sucedido le motivaría a
replantear muchos asuntos en su vida. Y por supuesto en el lunes 13
de julio de 2015, en que ya asistiría a sus distintas obligaciones
laborales mediante su medio de transporte propio. Al recordar y
contarme estos hechos, veo que a nuestro protagonista se le escapan
de nuevo unas mansas lágrimas mientras, contradictoriamente, una
sonrisa se dibuja en sus labios.
Fernando
de la Mora, invierno del 2015
JaRDinero
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