lunes, 13 de julio de 2015

¿Milagro de Francisco?


Eulogio miró una vez más su vieja pero remozada camioneta. Hacía 4 meses que no conducía, por lo que su esposa(siempre su abnegada esposa), había hecho las gestiones para reparar la chapería y el tapizado del vehículo. ¿Qué por qué no conducía? Una enfermedad conocida como el “asesino silencioso” había hecho mella en sus ojos dejándolo con un ojo cerrado y el otro con una gran disminución en la capacidad visual. La enfermedad es activada con todas sus consecuencias, principalmente por el desorden en el comer, al que es afecto el protagonista de nuestra historia.

Con el transcurrir de los meses, se produjeron leves mejoras en la visión de Eulogio. Podía abrir un ojo por vez, pero no los dos. Cuando abría ambos ojos se mareaba y veía doble. En todo este tiempo se hablaba del visita de Francisco, el Papa. Y llegó la semana de la llegada del sucesor de Pedro. Esa semana Eulogio empezó a abrir los dos ojos y a mejorar ostensiblemente su visión. Aún así nunca pasó por su cabeza de escéptico relacionar la visita del representante de Cristo con su mejoría.

Hasta que llegamos al día sábado 11 de julio de 2015, día de la misa de Francisco en Caacupé, a la que Eulogio no le dio importancia y no vio. Pero ese día subió a su camioneta y empezó a conducir de nuevo. La primera visita, además de la carga de combustible, la realizó a su padre, que vive a unos kilómetros de su casa. Cuando llegó a destino era tanta su alegría que contó del hecho a varias personas, entre ellas a su hermana Isidora, que vive en Chivilcoy, Argentina. Su hermana, además de emocionarse, le respondió de inmediato, que “esto es un milagro del Papa”.

Eulogio se quedó “rumiando” la idea de su hermana, aún escéptico e incrédulo. Pensaba que los medicamentos y el tratamiento habían hecho su parte. Aunque había un margen como para creer lo expresado por Isidora. El domingo 12 de julio de 2015, después de levantarse del descanso nocturno empezó a mirar la misa de Ñu Guasu, como curiosidad más antes que una necesidad espiritual. Cuando Francisco empezó su homilía, una sensación extraña, lenta pero sostenida-mente empezó a embargar a Eulogio. Era algo que le llenaba el alma y el espíritu pero también le daba unas tremendas ganas de llorar. Asombrado, unos minutos después de la homilía, empezó a notar que veía mucho mejor. Las ganas de llorar eran incontenibles, pero no quería llorar frente a su hija menor Sara, que le acompañaba. Ya no aguantó y fue a la habitación matrimonial, donde estaba su esposa Giselle, junto a quién lloró como un niño. Sintió una cálida presencia y que sus lágrimas estaban limpiando su alma y espíritu mientras su visión mejoraba extraordinariamente.

Su esposa, fiel compañera y sostén durante toda su vida, y en especial en estos cuatro meses, le habló de la presencia del Espíritu Santo. Eulogio pensó que no había otra explicación y agradeció a Dios como el sabía. Pensó también que lo sucedido le motivaría a replantear muchos asuntos en su vida. Y por supuesto en el lunes 13 de julio de 2015, en que ya asistiría a sus distintas obligaciones laborales mediante su medio de transporte propio. Al recordar y contarme estos hechos, veo que a nuestro protagonista se le escapan de nuevo unas mansas lágrimas mientras, contradictoriamente, una sonrisa se dibuja en sus labios.

Fernando de la Mora, invierno del 2015
JaRDinero

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