miércoles, 8 de julio de 2015

La serenata


Aquella noche, a las 10:00, Eulogio y su prima Celeste, llegaban del colegio nocturno en la cercana localidad de Tebicuary. En ese momento su cansada madre, Ña Rosa, iba a reposar aliviada y dejaba como encargado al niño. después de un tremendo día de lavar la ropa, cocinar, planchar y atender el pequeño almacén-bar-pensión, que había establecido gracias a su empeño, tesón y lo que hoy día llamarían emprendedorismo. A sus 14 años, Eulogio, disfrutaba de jugar al empresario en ese, en su febril imaginación de adolescente, imperio económico que representaba el negocio. Al quedar como encargado miró la mesa de truco. Estaban los habituales Tito Alonso, Melquiades Morón, Chiquitin Lechi, Atoli Guellin, su hermano Adalberto y otros “mirones”(públicos, espectadores) varios. En la mesa de billar-gol pugnaban José Martino, un largamente soltero habitante de Coronel Martínez, y el boliviano, Macirio Belkan, ex prisionero de la Guerra del Chaco, que le había tomado el gusto a vivir en Paraguay, incluso formando su hogar con una paraguaya. Era un paraguayo más, con el simpático acento de los habitantes de las alturas de Bolivia, cuando hablaba castellano y se acentuaba cuando usaba el guaraní.

Eulogio sonrío divertido, pues en la mesa de truco, que era “al gasto”(se apostaba comida o bebida o ambos) , los jugadores empezaban a sonrojarse y animarse por demás, efectos del copioso consumo de cerveza. El único que se mantenía totalmente sobrio era Tito Alonso, quien había adoptado como costumbre protectora comer el bizcocho que preparaba Ña Rosa, acompañado por un vaso de leche, de manera a contrarrestar los efectos de beber cerveza durante aproximadamente 8 horas. Y le funcionaba. Eulogio volteó a mirar la mesa de billar-gol y sonrío de nuevo. Le causaba gracia los movimientos de Macirio Belkan, siguiendo con su cuerpo los movimientos de las bolas del billar-gol cuando las impulsaba. Parecía un contorsionista o un delicado bailarín clásico. José Martino no se se quedaba atrás. Era una maquina de hacer muecas utilizando su nariz y su boca. De hecho tenía un tic nervioso natural donde su gran nariz (era natural de “nArizona” ) jugaba un papel protagónico. Por ese motivo tenía vedado jugar al truco. Su tic nervioso jugaba una mala pasada a su ocasional compañero, pues este interpretaba como una “seña”(transmisión codificada de información a través de gestos) del truco, la mueca ajena a su voluntad hecha por José.

La cerveza se iba agotando. Eran aproximadamente las 12:30 de la noche y el entusiasmo en la mesa de truco subía de nivel. Eulogio pensó en recurrir al cercano Bar “La Alondra”, la competencia, propiedad de sus tíos Román “Kola” Baéz y su tía Federica, para prestar unos cajones de cerveza, pues era inminente que el stock se agotaba. Para ello tenía que dejar a alguien en el mostrador, por lo que pensó despertar a su hermana Petrona o a su su prima Celeste , que vivía con ellos y era una hermana más. Despertar a su madre no era opción pues sabía lo cansada que estaba. Estaba también su padre, Eulogio Carlos Quinto, pero inquietarlo a él sería la tercera guerra mundial. Su padre no simpatizaba con el negocio y si era por él se habría cerrado tiempo atrás. Para él esa actividad era “insalubre” para sus hijos, incluida Celeste a quien trataba como su propia hija.

Según Eulogio Carlos Quinto, a Eulogio esa actividad nocturna lo estaba llevando por mal camino, pues le daba cierto aire de autosuficiencia al ganar su propio dinero, con la explotación del billar-gol. La mesa había sido comprada en cuotas por el propio Eulogio, siendo su padre solo un garante en la compra a plazos. En el razonamiento del padre, el hijo llegaría en un momento que consideraría que estudiar no era necesario, pues a sus 14 años ganaba bastante dinero como para sobrevivir. En el caso de Petrona y Celeste los motivos eran otros y tenían que ver con la ocasión facilitada para que los galanes de turno aborden a las pequeñas damas. Según el patriarca de la familia los “vagos que jugaban truco y billar-gol” no eran merecedores de la atención de sus hijas, ni aquellos tenían intenciones serias con ellas. Los planes de Eulogio Carlos Quinto para con sus hijos era bastantes ambiciosos, en especial en cuanto a educación. Mantenía en secreto su intención de mudarse en breve tiempo, a Asunción o alrededores.

Otro factor que impedía a Eulogio despertar a su padre, era que el era chofer el bus de pasajeros que hacía el recorrido diario entre Félix Pérez Cardozo y Asunción, y vice-versa. Realmente Eulogio Carlos Quinto debía dormir en Félix Pérez Cardozo, población cercana a Coronel Martínez, pues aquel poblado constituía su parada final. Pero por cuestiones obvias volvía al lugar de su familia a dormir y debía salir de su casa a las 3 de la mañana.. Entonces solo le quedaban solo Petrona y Celeste, que eran dos adolescentes que normalmente atraían la vista de los parroquianos. Pensó especialmente en Tito Alonso que estaba interesado en Celeste y está no le era indiferente. Petrona era más niña, por lo que optó despertarla a ella. Rezongando Petrona se dirigió al mostrador. Entonces Eulogio fue rápidamente a “La Alondra” donde, previas las consabida bromas del tío Kola, consiguió los dos cajones de cerveza que ,estimaba, le faltaban. Estos préstamos eran frecuentes y mutuos. No se pagaban con dinero, sino se hacía reposición del stock directamente con los productos prestados. Eulogio no pudo dejar de notar el grupo de muchachos liderados por Efrén
Díarte, un excelente cantante, que estaba ensayando con su grupo y susurraban por lo bajo de una serenata que harían esa noche. Alternativamente, hablaban por lo bajo y miraban a Eulogio. Este quedó levemente intrigado.

Para regocijo de Petrona, Eulogio volvió a su puesto con las cervezas, y la niña regreso a continuar su sueño interrumpido. Era 1:30 de la mañana cuando Macirio Belkan y José Martino decidieron poner punto final a su pintorescas partidas de billar-gol. En esta ocasión ganó José, por lo que Macirio tuvo que pagar las empanadas y gaseosas que consumieron, amén de las fichas que habilitaban la mesa. Macirio subió a su sempiterna bicicleta y subió la pequeña colina que le llevaba a su casa, cerca de la escuela donde concurrió Eulogio, para su formación primaria. Todo esto en medio de la oscuridad, levemente herida por la débil luz del faro de su biciclo. El poblado aún no tenía servicio de energía eléctrica y el bar se iluminaba con tres lamparas “sol de noche”(funcionaban con querosén) estratégicamente ubicadas. José sin embargo tenía que hacer el trayecto a su casa, en los bajos del pueblo, a la compañía(barrio o zona rural de la zona urbana de un pueblo o ciudad en Paraguay) “Kosta'i”, acostumbrando primero sus ojos a la oscuridad, y sorteando a pie las vacas acostadas en las calles y senderos, y evitando pisar el producto del proceso final de la digestión de los animales.

Eran las 2 de la mañana, cuando Tito Alonso y camaradas, decidieron terminar el juego, pagar los gastos a Eulogio y retirarse. El niño respiro aliviado pues de en los cajones prestados de cerveza, solo quedaban dos botellas. Notó un gran ingreso a la caja del negocio, que estaba seguro pondría contenta a su madre, en la mañana. Esto permitiría el desarrollo habitual del eterno ciclo de comprar y vender. Eulogio, limpió provisoriamente el salón, acomodando las botellas vacías, amontonando los platos sucios y pasando trapo húmedo a las mesas. Apagó los “soles de noche”, aseguró el portón y las puertas, y fue a acostarse. Ínterin, Tito Alonso y socios, al salir del bar se encontraron con Efrén Diarte, grupo y mirones. La intención era brindar una serenata a Celeste, principalmente, y de paso a Petrona. Dentro de la casa, Eulogio se acostó y empezó su siempre pesado sueño. En la habitación de al lado dormían Celese, Petrona, y los hermanos menores Alberto y Felipa En el cuarto principal, que daba a la calle, dormían el matrimonio. Eso era de notar pues los ronquidos de Eulogio Carlos Quinto, eran vigorosos y continuos. Pese a ello, nadie se molestaba con el estruendoso sueño del padre de la casa.

Eulogio se despertó en su cama, al oír en la calle los clásicos sonidos que preceden a una serenata. Perros ladrando, susurros y el sonido de guitarras afinándose. Salió en puntas de pie y por un pasillo lateral llegó al frente de la casa, oculto en las sombras, pudiendo observar al grupo de los jugadores de truco y el otro que vino de “La Alondra”, pegados al cercado frontal de tejido de alambre , en la dirección de la ventana donde dormía el matrimonio. Adentro, todos seguían durmiendo plácidamente. Efrén Diarte, rompió el silencio de la noche, nublada y con “amenazo”(amenaza de lluvia en la jerga rural y guananí-hablante), con una guarania, con su aterciopelada y bien timbrada voz. En la habitación, Ña Rosa despertó con la canción y notó asombrada que no había ronquidos. Palpó el lugar de su marido y este no estaba. Eulogio Carlos Quinto ya había llegado al pozo y estaba afanoso, llenando el balde vacío de aceite para camiones, con agua en toda su capacidad de 20 litros. El mismo camino lateral que llevo a Eulogio al frente de la casa, lo llevó al mismo destino a su padre. No vio a su hijo, escondido detrás de una mata en el jardín, y se ganó un lugar en la oscuridad a pasos de los ocasionales galanes serena-teros.

Eulogio Carlos Quinto, espero pacientemente que Efrén Diarte terminara la canción inicial de la serenata, con el balde de 20 litros lleno de agua, en mano. El cantor, entusiasmado y poético, empezó a esbozar unas palabras. Para ello se refirió al cielo nublado diciendo:

- “Aunque la noche no sea propicia para una serenata...”- .

La reacción y las palabras de Eulogio Carlos Quinto, fueron solo una. Vació los 20 litros de agua sobre el grupo y sentenció:

- “Pejuna de diá, upeicharo”- .

Asunción, agosto 2013. Aún invierno algo riguroso.

JaRDinero

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