Eulogio
quedó pensativo. La sensación de recordar otras vidas estaba
omnipresente, en especial cuando pensaba en esa deliciosa mezcla de
cordura y locura, que representaba aquella niña y muchacha de sus
sueños. ¿O no era un sueño lo que le pasaba con esa misteriosa
dama que le ofrecía largas tertulias en noches blancas de luna en la
plaza del pueblo, en frescas madrugadas de verano?
Nunca
supo de donde venía ni adonde iba. Solo sabía que en amaneceres
calurosos posteriores a noches blancas, le despertaba Timoteo, que
ocupaba en el banco el lugar de la dama. Timoteo, el loco más cuerdo
que Eulogio conoció, parecía que sabía de ella. Cuando le contaba
de lo que pasaba en la noche en aquel banco, sonreía cómplice, y
balbuceaba algo de noches blancas en algún lugar de Rusia. Había
leído sobre esto en alguna novela que cayó en sus manos, en su
época "cuerda" de Juez de Paz de Coronel Martínez.
A
Timoteo no le parecía exagerado ni de locos lo que Eulogio le
contaba. Le parecía natural . Eso le intrigaba además de que notaba
algo que conectaba a Timoteo y la muchacha. Esperaba impaciente, esa
noche, para buscar lo común entre el loco del pueblo y esa (su)
muchacha que siempre empezaba conversando con él y lo dejaba al
alba, dormido en el banco. Y aparecía el viejo Timoteo sentado una
y otra vez en lugar de la hermosa dama. El circulo, virtuoso para
Eulogio, se repitió durante todo ese verano, hasta que el muchacho con
16 años, tuvo que migrar contra su voluntad y cumpliendo con la de
su padre a la capital del país, para continuar sus estudios y huir
del peligro de “convertirte en un vividor, haragán y jugador”,
según su progenitor.
Eulogio
se integró a duras penas el ritmo escolar de uno de los mejores
colegios públicos el país, donde su padre, merced a su amistad con
un famoso profesor de idiomas, le consiguió un lugar. Pese a los
naturales tropiezos de un adolescente rural bruscamente insertado en
un ambiente citadino. Eulogio se recuperó a tiempo y pudo concluir
sus estudios secundarios, con relativo éxito, incluso formando parte
del cuadro de honor de la prestigiosa Casa de Estudios. Pero nunca
había olvidado a su Coronel Martínez y menos aún a su musa de las
noches blancas y por ende al viejo y sabio Timoteo, de quien supo que
murió mansamente en la casa de don Sotero Arévalos, quien con su
esposa Margarita, habían dado techo a Timoteo con cristiana piedad,
pues del anciano no se conocía pariente alguno.
Una
de esas extrañas casualidades de la vida(aunque se habla de que no
existen tales, sino solamente “causalidades”), llevó a Eulogio a
realizar un trabajo de investigación en la biblioteca de la
Universidad Nacional de Asunción y entre revisiones de periódicos y
revistas antiguas encontró una fotografía que era inconfundible.
Era ella. Su musa de las noches blancas. Al lado la imagen casi
desconocida de un Timoteo mucho más joven, bien afeitado y vestido
con saco de un traje de dos piezas y una corbata. Eulogio empezó a
comprender la extraña relación entre su musa y el “loco cuerdo”.
Y más aún cuando leyó la noticia de décadas atrás que en su
parte principal, expresaba:
“La
venganza de la mafia. Sicarios asesinaron a la hija del valiente
Juez de Paz de Coronel Martínez, Timoteo Vázquez. El mencionado
magistrado había juzgado y condenado al capo mafioso, abigeo y
traficante de drogas, Toribio Leiva, en el año 1966. Los memoriosos
aún recuerdan que, Leiva, al momento de conocer su sentencia, había
jurado a viva voz vengarse de Vázquez donde más podía dolerle. Y
hoy, 21 de setiembre de 1970, presuntamente, cumplió su promesa, aún
estando en prisión, pues la hija del magistrado fue abatida a
balazos por desconocidos, a la salida de la Escuela Normal de
Villarrica, donde estudiaba para maestra. Sus restos serán inhumados
en el cementerio de Coronel Martínez”.
Una
camioneta sube lentamente la colina y detiene su marcha frente al
cementerio de Coronel Martínez. Un hombre alto y robusto, con gafas
negras, baja del vehículo y con parsimonia se dirige con dos ramos
de flores a un panteón. El encargado del cementerio, abre
diligentemente los dos habitáculos de la última morada. El hombre,
deposita el primer ramo sobre el cajón que según la foto, contiene
los restos de una persona con saco y corbata. Se persigna, musita una
oración y deposita el segundo ramo. En una placa se lee “Aquí
yace Maria Paz Vázquez, víctima inocente de la intolerancia y las
ambiciones desmedidas”.
Diciembre,
2015. Verano lluvioso y recién estrenado.
JaRDinero
Triste y asombrosa historia...
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